Una madrugada de jueves 30 de enero del 2025, mi vida se partió en dos.
El amanecer llegó cargado de una ausencia que jamás imaginé, y con él descubrí que el dolor puede ser tan fuerte que corta la respiración. Ese día se fue Mía, mi niña, mi confidente, mi princesa. Y con ella se apagaron mis proyectos, mis planes y mi certeza de futuro.
Desde el momento en que supe que venía en camino, Mía fue un sueño hecho realidad. Nació un 14 de diciembre del 2014, justo antes de Navidad, y para nosotros fue el regalo más esperado, su llegada trajo una alegría desbordante: la casa se llenó de sonrisas, de risas interminables y de una ternura que no conocíamos. Ella era luz, ocurrencia, chispa. Y yo, orgullosa, la acompañaba en cada paso.
Creció amando los deportes: nadó, patinó, jugó baloncesto… hasta que encontró el tenis, esa pasión que le encendía los ojos y la hacía entrenar sin descanso. Soñábamos juntas con viajes, con torneos, con Barcelona como destino para seguir persiguiendo su sueño. Yo me veía siempre a su lado, acompañando cada logro.
Su hermano Juli llegó tres años después, y con él se completó la dicha. En casa no faltaban las carcajadas: Mía y Juli jugaban a la pelota, veían los Pitufos, corrían por el patio, inventaban juegos. Ella amaba a los animales, sobre todo a los perros y conejos, y transmitía esa ternura a todo lo que tocaba, éramos una familia feliz, con miles de planes por delante.
Hasta que un día cualquiera, una fiebre apareció. Lo tomamos como algo común, un virus más, pero el destino tenía otros planes. En cuestión de horas pasamos de la tranquilidad del hogar a la incertidumbre de una clínica, y de allí a la brutalidad de una UCI. El diagnóstico: miocarditis fulminante.
Mi niña, mi Mía, se fue entre mis brazos, en medio de mis gritos desesperados y mi negación absoluta. ¿Cómo una niña de diez años puede dejar la vida de esa manera? ¿Cómo se sobrevive a algo así?
Volver a la casa se volvió imposible, cada rincón me hablaba de ella, cada espacio era una punzada, me refugié en la casa de mi suegra, un lugar ajeno, extraño, donde al menos el dolor no me gritaba desde las paredes.
Pero, aunque cambié de espacio, no pude huir de la ausencia, mi rutina también se quebró: antes salía del trabajo para correr a sus entrenamientos; ahora, sin ella, estaba solo en casa enfrentando un silencio ensordecedor y a Juli, que también me necesitaba.
Y ahí vino otro de los golpes más fuertes: al principio no supe cómo ser madre para él.
Mi dolor era tan grande que no podía mirarlo a los ojos, en cada gesto suyo veía lo que faltaba, fue mi esposo quien cargó con el doble papel, mientras yo me hundía en la oscuridad.
Confieso que hubo días en que quise rendirme, dejarlo todo, irme con ella. Pero algo me detuvo: Mi Juli, no podía condenarlo a perder también a su mamá.
Con el tiempo, poco a poco, algo en mí empezó a despertar, volví a mirar a mi hijo de verdad, descubrí su ternura inmensa, sus abrazos espontáneos, sus ocurrencias que llenaban de vida lo que parecía vacío, empecé a entender que, aunque me faltaba mi par, tenía ante mí otro regalo igual de valioso. Los besos que ya no podía darle a Mía, se los entregaba a él, los abrazos que se quedaron pendientes, los derramaba en sus pequeños brazos, sentí que, de alguna forma, ella recibía ese amor a través de su hermano, Juli se convirtió en mi refugio, en mi fuerza, en mi razón diaria para seguir.
Sin embargo, el duelo no es lineal, hay días en los que la ausencia es insoportable, la culpa me ha atravesado como un puñal: sentir que no hice lo suficiente, que no insistí más con los médicos, que no estuve en su cama cuando me lo pidió, la culpa me ha acompañado, pero también he aprendido a hacer las paces con ella, a entender que hice lo que pude con lo que sabía, y que mi amor nunca faltó.
He descubierto que lo que ayuda no son las frases hechas ni las palabras vacías. “Sé fuerte” o “todo pasa” hieren más que alivian, lo que realmente sostiene es la compañía silenciosa: alguien que te escucha hablar de tu hija sin cambiar de tema, alguien que llega con un plato de comida cuando no tienes fuerzas para cocinar, alguien que te hace mercado cuando no puedes salir. Me sostuvieron mi grupo de apoyo, mi familia, mis amigas, la terapia, los libros sobre duelo y, sobre todo, mi fe: la certeza de que algún día volveré a abrazarla, y que mientras tanto, ella sigue conmigo en cada paso que doy.
Hoy entiendo que sigo siendo mamá de Mía. Porque ser madre de quien ya no está es un amor que duele en cada respiración, pero también es un amor que nunca muere; al contrario, se intensifica, se transforma, ella vive tatuada en mi mente, en mi piel, en mis recuerdos, está en mis sueños, en mis despertares, en mi caminar diario. Y también soy mamá de Juli, quien me recuerda que la vida sigue, que aquí y ahora hay amor que entregar, risas que compartir, brazos que necesitan los míos.
Ser mamá de quien ya no está es vivir con el corazón partido: una mitad en el cielo, otra mitad en la tierra, es llorar y reír en el mismo día, es caminar con una ausencia imborrable y, al mismo tiempo, descubrir que el amor de madre nunca muere: cambia de forma, pero siempre permanece.
Mía es mi recuerdo eterno, Juli es mi presente. Y yo sigo siendo mamá de los dos, porque el corazón de una madre nunca entiende de finales.
Con amor Vivi
Un mensaje para mamitas celestiales
Si has perdido un hijo y llegaste hasta aquí, quiero que sepas que no estás sola, el dolor es inmenso, lo sé, y nada lo borra, pero hay algo que permanece: el amor, ese amor es eterno, no entiende de tiempo ni de muerte.
Permítete llorar, gritar, sentir, pero también permítete seguir viviendo, cuida de quienes están contigo y, sobre todo, cuida de ti misma, porque tu hijo, como mi Mía, querría verte vivir, amar y sostener la esperanza de que un día volverán a encontrarse.






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